Vivo por lo que soy, soy lo que he vivido.
Aún recuerdo con claridad aquella noche… A veces me persigue hasta en sueños esa extraña sensación de vacío, de que el corazón deja de darte vida y sientes que algo te está impidiendo respirar. Sigo soñando con aquel día de febrero, bajo la luz tenue de una vela. Sigo recordando como las palabras se llevaban con ellas una parte de mi alma mientras mi mente y mi cuerpo se ahogaban en tristeza. Sus caras derrotadas no me insuflaron ningún hálito de esperanza, pero no había nada más que pudiéramos hacer, mas que esperar.
Mientras las agujas del reloj marcaban el ritmo de la agonía, los espacios vacíos se sucedían por segundos, minutos, horas, días… Los días se acumularon formando meses, meses en los que los únicos gestos que recibía eran malas caras y los únicos sonidos que percibía eran reproches, por lo que le cogí el gusto a mi única compañía, Soledad. Ella me ayudó a ser fuerte ante la adversidad, a separar todas las facetas de mi vida, a conservar la esperanza.
Con el tiempo, las malas caras fueron tornando a su gesto habitual y los reproches se sustituyeron por palabras de cariño. Todo volvió a su estado original, excepto yo. Yo cambié, di varios pasos hacia delante de un salto. Me encontré con una versión mejorada de mí misma, a la que a veces la acosan sus fantasmas del pasado, esos que estuvieron tentándola hacia el camino fácil, los que la guiaban al vacío. Ahora agradezco la compañía de Soledad y de vez en cuando viene a hacerme una visita, pero nunca se queda hasta tarde, sabe que ya no la necesito. Simplemente viene a recordarme las cosas por las que merece la pena luchar y que la frase “No puedo” es el escudo de los cobardes.